Las manchas en la cara (y en la piel, en general) son de lo más comunes, sobre todo cuando hemos pasado un largo espacio de tiempo tomando el sol y se produce una lesión o inflamación por una sobreproducción de melanina. Una buena forma de quitarlas es usando cremas faciales antimanchas específicamente formuladas para ello. “El bronceado es un mecanismo de defensa de la piel para protegernos del daño solar, sin embargo, cuando hay una predisposición o en pieles muy expuestas a los rayos UV es normal que después del verano se produzca un aumento de la hiperpigmentación. Los léntigos solares o el melasma son las manchas más habituales después del verano. Incluso aunque se haya usado crema solar facial pueden aparecer, ya que el problema es que no se suele utilizar en la cantidad recomendada o no se reaplica cada dos horas», explica la farmacéutica especialista en dermocosmética, Rocío Escalante.
Pero claro, antes de aplicar cualquier crema antimanchas en la cara, es conveniente saber que existen varios tipos de manchas de la piel de nuestro rostro. De hecho, Rocío Escalante ya hacía referencia a los dos más comunes: los léntigos solares y los melasmas. Los léntigos son esas pequeñas manchitas, de bordes bien definidos, que empiezan como pecas pero luego van formando manchas más grandes y aparecen en zonas en las que más nos da el sol a lo largo de la vida, como son: cara, escote y manos. A veces incluso en la espalda y extremidades si hemos tomado mucho sol. Este tipo de manchas en la piel suelen ir apareciendo a lo largo de la vida y, aunque son más visibles en edad adulta, son consecuencia del sol recibido desde que nacemos. Por otro lado, los melasmas son manchas oscuras de formas peor definidas y más difusas, que suelen aparecer con mayor frecuencia en mujeres en edad fértil y más aún cuanto más oscura sea la piel. Las zonas más típicas donde salen son mejillas, frente y labio superior, pero pueden aparecer por toda la cara. Su causa es desconocida, pero sí está claro que necesita sol para su aparición, aunque la genética, el uso anticonceptivos, tratamientos hormonales o el embarazo (de ahí que suela darse más en mujeres en edad fértil), lo agravan.