El silencioso y fantasmagórico vuelo de la lechuza común, alimentado por su siniestro canto, constituye una de las razones por las que este ave nocturna ha sugerido muchos mitos y supersticiones. Las lechuzas son las aves más fácilmente identificables, poseen dos grandes ojos situados en un rostro redondeado que parece casi humano. Esta es, sin duda, la razón de que la mente humana le haya concedido un papel tan importante y poderoso; pues ¿quién no ha leído relatos acerca de lechuzas que se transformaban en hombres y tenían un poder sobrenatural?
El nombre de ulula (lechuza) deriva del griego obolydsein, es decir, del llanto y el gemido, y es que cuando canta, lo recuerda justamente. De aquí que se dice entre los agoreros que, dejar de oír su lamento, es signo de tristeza, y cuando guarda silencio es señal de prosperidad. San Isidoro en las Etimologías comenta sobre el búho que es un ave lúgubre, muy recargada de plumas y perezosa, que se la ve de día y de noche merodeando por los cementerios y habita en las cavernas. Este pecado capital aparece en una miniatura del siglo XIV, de la Biblioteca Nacional de París. En opinión de los augures es un ave portadora de calamidades y dicen que su presencia en una ciudad presagia desolación.
Las lechuzas y los búhos están mejor documentados en el folklore, leyendas y relatos históricos que otras especies. Se le atribuyeron características asociadas a la muerte y al desastre, aunque también se las suponía dotadas de sabiduría y se utilizaban en la medicina popular y en la magia.
LA SENDA DE LA SUPERSTICIÓN
El búho y la lechuza hacen acto de presencia en los libros sagrados, generalmente en escenas de ruina y desolación. Así, en el pasaje de Isaías 34, 11 leemos: «Será morada de pelícanos y erizos, mansión de cuervos y lechuzas», y en los Salmos 102, 7 dice: «Me parezco al pelícano del desierto, soy como la lechuza de las ruinas”. Además de su inclusión como animales impuros según las prescripciones que dio Dios a Moisés no podían comerse, constituyendo desde antiguo las aves por antonomasia de agüeros siniestros. Los bestiarios insisten en la suciedad del búho basándose en una cita del Deut. 14:15; la preferencia de este animal por la obscuridad es interpretada como un rechazo de Cristo. Guillaume Le Clerc explica que la lechuza representa a los judíos traidores y malditos, que no quisieron creer los consejos de Dios. También la asocia con el Príncipe de las Tinieblas. Contrariamente, en el Bestiario de Oxford, en sentido místico, este ave representa a Cristo, a quien le gusta la noche y las tinieblas, porque no quiere la muerte del pecador, sino su conversión y su vida.
En el sistema jeroglífico egipcio, la lechuza simboliza la muerte, la noche, el frío y la pasividad. También concierne al reino del sol muerto, es decir, del sol bajo el horizonte, cuando atraviesa el lago o el mar de las tinieblas. Cierta afinidad con este simbolismo hallamos en Cantabria, pues por el resplandor fosfórico en sus ojos es el pájaro de los muertos y se le considera ave de mal agüero, nuncio, aldabazo postrero de la muerte que va cerrando con un arco iris palidísimo nuestras vidas.
En la China, el búho anuncia calamidades, probablemente a causa de sus grandes ojos de demonio y a partir de la fábula según la cual los búhos jóvenes no aprenden a volar, hasta que les han sacado despiadadamente los ojos a sus progenitores. En cambio, durante la dinastía Shang, este ave tuvo un significado primitivo, puesto que muchas vasijas de bronce ostentan su figura y fue emblema de Huang-ti, el emperador amarillo, el gran fundador.
En la cultura preazteca del antiguo México (Teotihuacán), la lechuza estaba consagrada al dios de la lluvia, pero entre los aztecas simboliza una criatura demoníaca nocturna y un mal presagio. En varios códices se la representa como el guardián de la casa oscura de la tierra. Asociado a las fuerzas clónicas, es también un avalar de la noche, de la lluvia de las tempestades. Este simbolismo lo asocia a la vez con la muerte y las fuerzas de lo inconsciente, que gobiernan las aguas, la vegetación y el crecimiento. Esta ambivalencia interpretativa queda ilustrada con el siguiente refrán «Lo que para uno no es su lechuza, es para otro su ruiseñor”.